lunes, 9 de octubre de 2017

El buzo fantasmagórico


1

Parado en la esquina, con la bruma caliente sobre la piel, Rendón identificó la calle: Cerrada de la Perpetua. Sin embargo, la misma era Martinica en el mapa que había impreso en su oficina. Confundido, porque suponía que se hallaba a pasos del restaurante donde lo esperaban para cenar su esposa Bárbara y su hijo Víctor, un lugar invisible hasta el momento, guardó el mapa en el bolsillo de la camisa y buscó a alguien que pudiera explicarle dónde se encontraba.

La calle se extendía hasta un depósito de basura al fondo. Al lado de éste había una puerta con un foco rojizo encendido justo arriba. En aquella iluminación escasa, notó que lo rodeaban muros lisos, sin puertas ni ventanas a donde golpear en busca de orientación. Llamaría entonces a su mujer para ver si alguien en el restaurante reconocía la cerrada. Seguramente Bárbara ya estaría ahí, comiendo el pan de la cestita mientras su hijo jugueteaba la cuchara sobre la mesa. Al acordarse de él, de sus tenis coloridos, como los que Rendón usaba de niño, y de ese corte de cabello moderno, que también le recordaba a sí mismo cuando era joven, se manifestó en su boca un regusto almibarado y refrescante, el orgullo que sólo los padres cariñosos experimentan. Jaló aire, autosuficiente. Sostuvo el celular en la palma de la mano y pinchó el encendido varias veces, pero el aparato se había descargado. Molesto, lo devolvió al bolsillo del pantalón y dio media vuelta para volver por donde había llegado. Iría en taxi, o le preguntaría antes a algún patrullero en la zona qué tan lejos estaba de su destino.

Apenas dio dos pasos, el foco titiló de tal manera que los muros se barnizaron de fulgor. La puerta bajo el foco era de metal y tenía la pátina de los mausoleos. Rendón imaginó detrás de aquélla algún sitio en el que habría algo monumental y al mismo tiempo anticuado. Un taller de fundición para artistas, con esculturas ecuestres sin jinete o bustos de hombres tan ilustres como calvos escondidos detrás de cortinajes. Un museo, quizá. Caminó hacia allá. La luz titilaba al ritmo de una abeja atrapada en la ventana. Imaginó también que era la luz alertando a la tripulación de que el torpedo enemigo ha impactado el cuarto de máquinas y ahora el submarino cae irremediablemente al fondo del océano. Sin dudarlo más, se relamió la boca con la lengua reseca de sed, y golpeó la puerta.


2

El viejo era gordo y la playera manchada de grasa apenas le cubría la lonja desbordándose por encima del cinturón. La barba caía sobre su pecho, idéntica a una carpeta de estambre color hiel. Silbaba al respirar, como si una semilla de ciruela intentara abrirse paso por la laringe. Cuando se dejó caer en la butaca frente a Rendón, las maderas crujieron oprimidas por su peso. Se mantenía macizo; para nada era un abuelo enclenque.

Desplegó el mapa sobre los muslos.

—¿Calle Martina? —le preguntó a Rendón.

Al lado del viejo había una pecera llena a tope. La luz en el interior mostraba fragmentos de un océano miniatura, con algas de tamaño desproporcionado con el espacio. En el extremo derecho, ondulaba una lombriz fantasmagórica en el muñón de un buzo manco con escafandra. No había peces.

—Martinica número 64.

Rendón intentó adivinar de dónde provenía el olor a caldo de pollo que había percibido al entrar, pero lo único que vio fue un costal de alimento canino que yacía en el piso.

—No estoy seguro de que esa calle exista.

La lámpara del cielorraso tornaba al color de la acedía las rasgaduras del papel tapiz, idénticas a hojas secas. El cuarto mudaba de follaje.

—A lo mejor me equivoqué de dirección. —Se disculpó y, para hacer la plática, preguntó—: ¿Tiene perro?

—Está dormido. —El viejo señaló con la vista la puerta del fondo que tal vez condujera a otra habitación—. Lo meto ahí porque es muy lame huevos y cree que si anda de aquí para allá conmigo, le daré más comida de la que merece.

—¿Qué es aquí?

—Un motel, arriba; ésta es la bodega. —Rompió el mapa esparciendo los papeles en el piso—. Hay taxis cerca. Pueden venir para llevarte a Martina.

—Martinica —dijo Rendón, consternado por lo que había hecho el viejo.

—¿A qué vas ahí?, hijito. —Agrió la voz.

—Con mi familia, cumplo cuarenta años. También festejamos mi nuevo trabajo en la ciudad.

—Llevas cuántos, ¿cinco años de casado?

—Seis.

—¿Y todavía te festejan?

—¿Por qué no?

—Las viejas se aburren. Uno se aburre.

—¿Tiene señora, hijos?

—Los tuve. —El viejo se acarició las barbas y arrancó una hebra que después de sobarla entre los dedos tiró al piso—. Los dejé porque me aburrí.

En la puerta del fondo, en la rendija de luz a ras de suelo, se desplazó una sombra. Tal vez fuera alguien que acompañara al viejo. Tal vez fuera sólo el perro.

—Entiendo.

La lámpara del cuarto titiló de pronto como lo había hecho el foco rojizo. Los cables chirriaron congestionados de lumbre.

—No, no entiendes nada, hijito.

El viejo se levantó del sillón, fue hacia el escritorio donde había arrojado las llaves, pero en vez de tomarlas para abrir la puerta y despedir a Rendón, sacó una botella de caña, la destapó y le dio un trago profundo.

—Oye, échame la mano a cambiar la balastra. —Apuntó hacia la lámpara—. Estos pinches desvaríos me pican los ojos. El cableado se está yendo a la tiznada.

De buenas a primeras, la plática se había hecho confianzuda.

—Me están esperando.

—Que lo sigan haciendo. No estás obligado a cumplirles nada. ¿No te aburres de hacer lo mismo cada año?

Rendón no entendió la pregunta. Se levantó de la silla y caminó a la puerta por donde había entrado. Sin embargo, si no es por las ranuras que delimitaban el dintel y las jambas, podría haber sido un muro. No vio chapa ni picaporte para abrirla.

Disculpándose por su tono, el viejo se levantó, caminó hacia él y le apretó el hombro. Lo hizo con una firmeza intimidatoria, aunque quisiera amistar.

—Ayúdame dos minutos nada más. De cualquier forma ya vas tarde. Puedes decirle a tu señora que te dilató un velador borracho, incapaz de subirse a una silla para hacer su trabajo. Ellas aman oír tus excusas porque significa que les temes.

Esto último incomodó aún más a Rendón. Pero estaba acorralado.

—¿Antes, tendrá un poco de agua? —Se relamió la boca.


3

Por la ventanilla del taxi aparecían y desaparecían las calles: eran tubos luminosos fundidos con escaparates, semáforos y calaveras rojizas de vehículos inmóviles frente a otras puertas. Martinica, le explicó el chofer, estaba a diez kilómetros de Cerrada de la Perpetua. Los estoperoles en su camisa, en el hombro a la vista de Rendón, titilaron abandonados al runrún del motor al doblar una curva.

—¿Te habló de la jovencita en la playa? —le preguntó el hombre por el retrovisor, donde bailoteaba un escapulario con crucifijo de platino.

—¿Perdón? —contestó espabilado.

—Uranga, el viejo loco del motel, ¿te habló de la jovencita en la playa?

—Sí.

La garganta le dolió al beber el agua que le había dado quien, ahora sabía, se apellidaba Uranga. Metió la botella vacía en la bolsa de basura que colgaba en el asiento de enfrente.

—¿Te habló de la flaquita y la gordita desnudas en la misma cama?

Cuando el chofer giró con suavidad el volante, Rendón pudo observar la lisura de su barbilla afeitada, sin vellos fuera de lugar. El vehículo olía a la canela persistente después del aspirado de la tapicería.

—Ese viejo es basura —continuó—. Acá lo conocemos bien. Para empezar, dejó de creer en Dios.

—Yo tampoco creo —soltó Rendón, y de inmediato corrigió—: Aunque respeto...

—Eso dicen todos. Pero no pienso convencer a nadie. No soy un santurrón… ¿Ya a descansar?

—Con mi familia, a una cena.

—¡Qué bueno! —Golpeó ligeramente el volante—. Mi señora y mi nena están esperándome también. Te dejo y paso a comprar unos tacos, sin salsa porque a ellas no les gusta. Pero, ¿por qué no vinieron juntos?

Rendón sintió un cansancio espeso, de malas noches acumuladas. Imaginó a Víctor y a Bárbara comiendo la sopa pues no habrían soportado ni un minuto más el hambre. Cerró los ojos. Ahora los vio parados en la estancia de la nueva casa. Tenía un balcón perfilado hacia una bodega de enlatados, donde cargas envueltas en papel marrón subían y bajaban desde la madrugada, entre estallidos de montacargas y las órdenes de capataces que burlaban cualquier cancel o ventana. Por eso no había dormido bien las primeras noches.

—Demasiado trabajo que organicé mal y les pedí que se adelantaran. Yo vine caminado porque pensé que Martinica estaba cerca de la oficina.

—Siendo joven uno hace las estupideces de Uranga. Pero a nuestra edad, no hay razón. ¿No crees?

—¿Conoce un negocio que insonorice ventanas?

El chofer lo miró por el retrovisor. Se rascó el cachete.

—Por poco me respondes que si ubico un muelle. Nada qué ver con lo que te pregunté.

Por segunda ocasión en la noche, la familiaridad espesa se extendía entre él y su acompañante en turno.

Víctor pronto tendría un perro, pensó. Podría criarlo en ese balcón en una casita de madera. Crecería fuerte y ladrador. Los domingos, después de cazar la pelota, Rendón le tomaría la cabeza entre las manos y le contemplaría los ojos grises, el morro como corazón negruzco, la lengua húmeda entrando y saliendo del hocico agitado, a través de la sierra de los dientes. Se perdería en la belleza de ese perro que lo haría sentir respaldado, inmerso en el vínculo instintivo y salvaje que explicaba su cariño por los animales poderosos. Bárbara prefería un caniche al que pudiera bañar con champú de fresas, lo habían discutido apenas días atrás. Un perrillo con mirada vidriosa y pelaje chino, semejante a cordero.

—Pero, para contestarte: no, eso no hay por acá. Tampoco existe nada de cuanto te haya contado Uranga.

El hombre guiaba el volante con la mano izquierda. Con la derecha, acomodó el retrovisor y enseguida mantuvo el escapulario preso entre la yema de los dedos. Al soltarlo, penduló.

Ahora, en la ensoñación, su mujer vestía una blusa blanca y esos vaqueros ceñidos que él miraba alelado cuando ella paseaba por la casa, pero que casi nunca vestía porque Bárbara prefería la ropa holgada y la parafernalia de collares latonados y perfumes irritantes. Sin embargo, la mezclilla guardaba en su textura un misterio que a él le escalaba deliciosamente el cuerpo.

—¿Te gustan las prostitutas como a Uranga?

—Si algún día contrato alguna —Rendón habló sin abrir los ojos, aburrido—, le pediré que lleve puesto un pantalón de mezclilla apretado.

—Si te oyera tu mujer, don aventurero, de una cachetada te cerraría la boca. —El hombre comenzó a reírse.

Abrió los ojos. El perrillo huiría tras un arbusto en lugar de defender a su hijo de los niños violentos del parque. Rendón no sabría cómo oponerse a la voluntad Bárbara.

—A ver, cómo le explicarías a ella y a tu… ¿es niño o niña?

—Niño.

—… que quieres regresar a la aventura.

—Más vale pedir perdón que pedir permiso, ¿no dicen por ahí? —Se sorprendió a sí mismo de su respuesta.

El chofer aceleró. Atravesó el ámbar del semáforo que relamía el pavimento humedecido por la bruma. Esto desbalanceó a Rendón, que casi cayó de lado en el asiento. En el parabrisas, fluía la noche y la música en sordina de los bares a la redonda.

—Y vas a financiar la aventura dando clases de buceo en el mar, ¿cierto? Ese Uranga cuenta siempre lo mismo…

—Y todos lo saben por acá... —Rendón bostezaba en cada palabra—. También por acá, imagino, acostumbran criticar la vida de los demás, ¿no?

—La verdad es que no. —Volvió a torcer el volante. Esta ocasión dio vuelta en u. Después frenó. Con las intermitentes alumbrando la calle, encaró una cuchilla entre dos rumbos.

—¿Ya se perdió? —Miró el reloj en el tablero del taxi: iba cuarenta minutos tarde.

—Conozco bien la ciudad. Mi nena se burla; dice que no conozco nada más. Por eso ellas me regalaron esta camisa: para verme de mundo. —El chofer frotó con la yema de los dedos los estoperoles en el hombro, se retrepó en el asiento y guió el coche por la izquierda. Avanzaron sin exabruptos.

—No entiendo qué relación tiene lo uno con lo otro —dijo Rendón al cabo de un minuto.

—Llegamos.

La fachada más próxima no tenía pinta de restaurante lujoso. El letrero estaba fundido y sólo las letras R-e-s-t permanecían fijas en el frontis. Rendón descendió y alargándole un billete a través de la ventanilla abierta, le preguntó al hombre si éste era el número 64 de Martinica.

—¿Pues qué querías? —Alzó los hombros y arrancó.

Los locales alrededor habían tenido su auge hacía tiempo. Ahora eran grafitis escurridos en los muros. Ventanas hechas añicos. Cerraduras violentadas por años. De nuevo, Rendón estaba de pie en medio de la nada.

_

Inédito