viernes, 7 de octubre de 2016

Peinado de campeón


Francisco entra corriendo al local. Con ojos entusiastas se acomoda el saco y, sin decir agua va, jala de la camisa al dependiente, un flaco de pómulos exagerados al que zarandea por encima del mostrador:

—Necesito un peluquín; ¡es de vida o muerte!

Tras soltarlo, el hombre roza con su espalda la vitrina de pelucas donde se agitan por el golpe algunas de cabellos rizados y otra de color limón, cuyo peinado pompadour desborda el entrepaño de cristal. Las cabezas de maniquí son de rostro plano, ovoides, como alfileteros gigantes.

—Caballero —dice el dependiente, arreglándose la ropa—, con gusto puedo diseñarle alguno. Pero no de inmediato. Necesito medidas, color de pelo…

—¡Ahora o nunca! —Francisco desclava el pin metálico que trae en la solapa del saco, un baloncito de futbol, dorado, del tamaño de una presea olímpica, y amenaza con clavarle el alfiler al hombre, quien rápido levanta la libreta del mostrador para escudarse—. Acabo de tener esta idea, y siento que es la correcta.

—Cálmese, quizá pueda hacer algo, pero cálmese, por favor.

Francisco desdobla una fotografía:

—Mira, quiero uno idéntico a éste.

El dependiente se lleva la mano a la boca. Entrecierra las pestañas para contener el ataque de risa. Al final no soporta más y escupe una carcajada sonora pero discreta, similar a un estuche lleno de botones agitándose.

—Por dios, caballero, ¿es en serio?

—Cuentas con los quince minutos que me quedan antes de la cita para confeccionarme uno igual al de este hombre.

—Le soy franco: podría ponerse una madeja de hilo en la cabeza y se vería idéntico; es más, podría untar un manojo de raíces, lo que fuera. O no, podría seguir calvo, así como está, y se vería mil veces mejor que…

—¡Es de vida o muerte! —Rasga el aire con el alfiler—. Este peluquín aumentará mis probabilidades de éxito. Inténtalo.

—De acuerdo, de acuerdo.

Su corazón se llena de cánticos y celebraciones cuando el hombre despliega sobre el mostrador mechones de cabello color caoba, una media, agujas para coser. Relajado, Francisco vuelve a acomodarse el pin de balón en la solapa.

—Será el bisoñé más grosero que haya hecho nunca, puede asegurarlo. ¿Y a qué tipo de probabilidades se refiere? ¿A conseguir una novia…?

—Corren los últimos minutos del segundo tiempo y la probabilidad de anotar el tanto de la victoria está ahí, aún está ahí —pronuncia Francisco, automatizado.

—¿Cómo dice?

—Shhh, practico para la entrevista.

—Listo. Se necesita muy poco para confeccionar algo tan, digamos, escasamente bello.

*

Apoltronado en la salita de espera, Francisco cruza la pierna con la autosuficiencia del que entregó hasta el último suspiro en el campo de juego. Cuando abren la puerta, y con el clásico «nosotros le llamamos» despiden a un universitario de cabello lustroso, cuyo engominado aparenta ser una bolsa negra para la basura, Francisco siente la mirada de los patrones del canal, comentaristas deportivos que tienen en común el férreo uso del peluquín frente a las cámaras del estudio. Entre ellos se murmuran al oído. Asienten en consenso e intercambian sonrisas. Entonces, Francisco saca el pecho, henchido de triunfo, una vez que el más anciano de ellos (el mismo de la foto de hace un momento), le dice:

—Bienvenido, señor…

—Francisco. Soy Francisco.

—Lamento decirte, Paco, que no te entrevistaremos.

—Pero ¡por qué! Obsérveme bien. —Señala nervioso su propio peluquín.

—No lo haremos porque… ¡estás contratado! Mira qué buen gusto tienes al peinarte, es cierto, pero, especialmente, y esto nos encantó, qué buen gusto de pin.

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Publicado en el fanzine Pinche Chica Chic, no. 2, septiembre 2016.