viernes, 6 de enero de 2017

Ámbar


—No supe de mí en los últimos meses —le digo a mi mujer mientras esperamos la comida.

Es la tercera noche de 2017 y los autos corren por Eje Central, la avenida al alcance de la vista desde nuestra mesa. Uno de éstos quema llanta para vencer a toda velocidad el semáforo en ámbar.

El mesero trae las bebidas. Las coloca en la mesa junto a un plato de limones y otro de cebolla marinada en vinagre. Ligeros aromas a carne friéndose me alcanzan la nariz. Los comensales en torno nuestro se limpian la boca con servilletas y muchos vierten con sincronía ensoñada cucharaditas de salsa a sus guisos.

Mi mujer parpadea viéndome. Debajo de sus pestañas sus ojos brillan con aquella intensidad que me conmueve, que desata una serie de descargas eléctricas pacíficas en mi pecho, la misma mirada que al paso de estos diez años de conocernos y convivir juntos, si acaso se ha intensificado en lugar de opacarse.

Levanta su copa de agua de fresa y sorbe unos tragos con el popote. Después, se chupa los labios. Inspira profundo. Descansa la vista en el borde del cristal.

Yo coloco las manos sobre las perneras del pantalón. Palpo ahí la forma de mis llaves, su cuadratura, y una moneda de cinco pesos que quizá sea de dos.

—No supe de mí —le repito mientras meto la mano al bolsillo—, fueron tres meses en que sólo vi letras y páginas en blanco y una mancha tipográfica que se descomponía en millares de partículas, como limadura ferrosa que ejecutara contorsiones inverosímiles por el influjo de un magneto.

Tomo agua. Las semillas de fresa se adhieren a mi lengua. Es curioso cómo puedes masticarlas una y otra vez y éstas crujirán como si fueran mucho más grandes de cuanto son realmente.

La moneda en mi mano es de dos pesos. Pienso en un billete de cien con una gota de tinta sobre el mentón de Nezahualcóyotl que hace unos días me entregaron de vuelto al comprar no sé qué, y del cual sobrevive sólo esta suma sobre mi palma.

—Al menos terminé de escribir el libro —continúo—. No siento que haya desperdiciado mi tiempo, ni estoy arrepentido de que mis ahorros se fueran al garete.

El hombre nos sirve los platos de comida. En su muñeca destella la esfera del reloj.

La tele del fondo pasa imágenes de Londres. Una rueda de la fortuna al lado del río. Cabinas telefónicas, esmaltadas de carmesí, más amplias que mi propio departamento.

Mi mujer toma una rebanada de limón y esparce el jugo entre el vapor de la carne. Un aroma suculento, ese aroma a saciedad y plenitud de toda carne bien frita y minuciosamente condimentada, se extiende entre nosotros, nos acaricia en absoluto silencio.

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Inédito.